Político Virtuoso

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Disponible (en stock)
ISBN
9788413084701
Nombre del producto:
Político Virtuoso
Fecha de edición:
31 oct. 2019
Número de Edición:
1
Autor:
Beneyto Berenguer, Remigio
Idioma:
Español
Formato:
Libro+e-Book
Páginas:
88
Lugar de edición:
PAMPLONA
Colección:
ESTUDIOS ARANZADI
Encuadernación:
Rústica

¿Es incompatible ser político y virtuoso? Este trabajo pretende devolvernos la esperanza, observando la realidad. La inmensa mayoría de nuestros representantes políticos en las distintas Administraciones estatal, autonómica y local son prudentes, pacientes, honestos, fuertes y perseverantes; les adornan cualidades como la buena educación, la asertividad, la credibilidad y el ser dignos de confianza; intentan ser leales y fieles a su conciencia sin perder la dignidad, pero, sobre todo, saben que están al servicio del bien común por encima de sus intereses personales. El autor reflexiona sobre la templanza, la paciencia, la valentía, la asertividad, la honestidad, la credibilidad, la fortaleza, la buena educación, la autoridad, la lealtad, el amor, la fidelidad a la propia conciencia y la perseverancia. Es una convocatoria a participar en la vida política, económica, social y cultural pero desarrollando nuestras virtudes y apartando nuestras miserias y debilidades. 

Introducción.

Giovanni Pico della Mirandola en el “Discurso sobre la dignidad del hombre” cuenta que Dios le dijo a Adán: “¡Oh! Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuánto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas...”.

Políticos, os deseo que sepáis elegir desde la libertad, pero asumiendo vuestra responsabilidad.

En un mundo difícil, de crisis económicas, de crisis humanitarias, de crisis de civilización, donde los viejos tienen miedo a perder la pensión, donde los de mediana edad tienen miedo a perder su trabajo, donde algunos tenemos miedo a perder nuestra dignidad, donde muchos jóvenes empiezan a decir: “¡Queremos vivir como han vivido nuestros padres!” Eso nunca había pasado, pero lo vi en varias pancartas en una manifestación en París hace dos años, recuerdo las palabras, al parecer dichas por Víctor Hugo: “El futuro tiene muchos nombres, para los débiles es lo inalcanzable; para los temerosos, lo desconocido; para los valientes es la oportunidad. Sed hombres y mujeres de esperanza”.

En el Libro de la Sabiduría se dice: “Y cuando la inteligencia obra, ¿quién de los seres es más artista que ella? Y si uno ama la justicia, sus trabajos se tornan virtudes, porque enseña templanza y prudencia, justicia y fortaleza, y nada hay más útil para los hombres en la vida que éstas”.

Si alguien, al finalizar el Bachiller, dijera a sus padres: “¡Quiero ser político!, quizá le dirían: ‘No, hijo mío, no. Los políticos son corruptos y únicamente se preocupan de sus propios intereses. Además, quien no sirve para ser un gran profesional se mete en la política’”.

Ciertamente esta respuesta sería muy simplona, pues la inmensa mayoría de los políticos no son así. Hay de todo, como en todas las actividades del ser humano, porque la humanidad es fuerte y débil al mismo tiempo. Pero si tuviera que generalizar, diría que los políticos son hombres y mujeres que tienen por vocación el servicio público. Y pocas tareas hay más loables que el servicio al interés general, al bien común.

Quizá ser político es ser un artista. Hay equilibristas, saltimbanquis, volatineros, funambulistas. Lo mismo ocurre con los políticos.

Hay artistas domadores de leones, de tigres, de elefantes. ¡Qué valentía! No me negarán que hace falta también mucha en los políticos para mantener a raya la voracidad crematística de algunos, la agresividad verbal de otros, la cháchara inútil y la pérdida de tiempo de muchísimos otros. Pero aquí aparece la gran cuestión: ¿Quién vigila a los vigilantes?

Pero cuando se ve una buena actuación en el aire, una pirueta mortal, donde el artista se entrega, cuando se siente que el artista da lo mejor de sí, entonces los aplausos y el éxito deben ser suyos.

Hay artistas payasos, que saben reírse de sí mismos y hacer reír a los demás, y hay otros que se ponen tan serios y estirados que causan rubor, que son decadentes. En cambio, el auténtico payaso lleva la vocación en las venas. En cambio, algunos políticos son tan absurdos que, con sus decisiones, pueden hacernos llorar.

Cuidado con los artistas ilusionistas, los prestidigitadores y los reyes de la evasión. ¡¿Dónde está la pelotita?! Hacen que parezca real lo imposible, con su magia producen efectos inexplicables. El auténtico artista lo que ha hecho desaparecer lo reintegra, lo trae nuevamente a escena.

Está el Director de escena, el que dirige el circo. No es el más importante e incluso suele pasar inadvertido. ¿Se imaginan un director de escena ocupando siempre el puesto principal del escenario? ¡Qué aburrimiento! El director es el que suele dar entrada a todos los grandes artistas. Es el que sabe rodearse de los mejores, normalmente mejores que él. Desde hace mucho tiempo pienso que en la política han de estar los mejores. Quiero que gestionen los servicios públicos los mejores juristas, politólogos, economistas, ingenieros, médicos. No estoy pensando en una política de tecnócratas, pero tampoco podemos montar una pléyade de ignorantes montando un espectáculo circense todos los días y los grandes asuntos, los que preocupan al pueblo, sin resolver.

Hay que devolver a los jóvenes el amor a la buena política. Han de pensar en el servicio al bien común. Es casi una obligación despertarles esa vocación por el servicio público, por poner todo su esfuerzo, sus mejores dones en la gestión de la vida pública. Y para eso se necesita una preparación intelectual y, sobre todo, personal.

Y cuando nos encontramos con un político entregado por los demás, por su patria, por su gente, le devolvemos nuestro agradecimiento y reconocimiento. Decimos: “Como éste no hay muchos”. Pero no es verdad. Hay miles y miles de hombres y mujeres entregados por el servicio al interés general en la política, anónimos en los miles de municipios. Y cuando encontramos a un sinvergüenza, a un corrupto, decimos: “Si es que todos son iguales”. Tampoco es verdad. Todos no son iguales. Son sólo algunos, poquísimos, los que no merecen llamarse políticos, los que no son dignos de gestionar la polis.

Hemos de recuperar el amor por la política, por la gestión de lo público. Por supuesto hemos de prestigiarla para que los jóvenes sueñen con ser alcaldes, diputados e incluso ministros. Hemos de valorarla para que los más virtuosos acepten servir al bien común, al interés general, durante un tiempo. Nunca como una profesión del que no sirve para desempeñar otro oficio, siempre como un servicio a la comunidad.

Todos hemos de participar en la vida pública precisamente para llamar a los más virtuosos y para apartar a los que vociferan sin saber por qué ni para qué y sin respetar las reglas de juego que nos hemos marcado todos.

Ignacio Sánchez Cámara, en “Europa y sus bárbaros” relata las siguientes palabras del Discurso de Pericles (contenido en la “Historia de las Guerras del Peloponeso”, de Tucídides): “Tenemos un régimen de gobierno que no envidia las leyes de otras ciudades, sino que más bien somos ejemplo para otros que imitadores de los demás. Su nombre es democracia, por no depender del gobierno de pocos, sino de un número mayor; de acuerdo con nuestras leyes, cada cual está en situación de igualdad de derechos en las sesiones privadas, mientras que según el renombre que cada uno, a juicio de la estimación pública, tiene en algún respecto, es honrado en la cosa pública; y no tanto por la clase social a la que pertenece como por su mérito, ni tampoco, en caso de pobreza, si uno puede hacer cualquier beneficio a la ciudad...”.

Tras leer “Los Pilares de Europa” de José Ramón Ayllón, echo de menos políticos y líderes adornados de virtudes como la prudencia, la templanza, la lealtad, la educación, la conciencia por encima del propio interés, el asumir lo mejor del otro, el rodearse de los mejores en la gestión del interés público.

  • Introducción
  • 1. La templanza (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • La templanza

    Los políticos deben centrar su atención en aquello que es importante para el pueblo, aunque sea incómodo para ellos. Las ansias por ganar nuevamente las elecciones y el ímpetu por salir vencedor en las encuestas les confunden, aturden sus mentes y nublan su visión desviando el foco de atención.

    Platón, en el diálogo “Cármides” o de la Templanza, que acontece en la Palestra, donde se reunían los jóvenes atenienses, pone en labios de Cármides que la sensatez sería hacer las cosas ordenada y sosegadamente, con tranquilidad, en todas las esferas de la vida. Sin embargo, Sócrates entendería más bien que la sensatez sería vivir intensamente, preocuparse y ocuparse por lo bueno y generando beneficio en los demás.

    La templanza es moderación y sobriedad, pero no aletargamiento ni indiferencia. Es implicación con sabiduría. Cuanto menos necesitéis, más libres seréis. Dominad vuestras pasiones, vuestro egoísmo. No seáis altaneros ni charlatanes. No seáis ridículos.

    Marco Aurelio en las “Meditaciones” Libro I dice:

    “1. De mi abuelo Vero: el buen carácter y la serenidad.

    2. De la reputación y memoria legadas por mi progenitor: el carácter discreto y viril”.

    Gobernar bien es difícil, muy difícil. Dirigir el rumbo de una comunidad política, al igual que el de una casa, cuando todo va bien es relativamente fácil. La calidad de un buen político se nota cuando hay tormenta, cuando las dificultades se hacen presentes, cuando parece que vamos a naufragar. Allí aparecen los políticos de altura. Pausados, comedidos, con la meta clara, pero abiertos al diálogo, a encontrar nuevos caminos, pero siempre con el objetivo definido.

    Siempre que se avanza, hay conflicto, porque hay tensión. Hay tensión porque hay dinámica de fuerzas. Allí radica la excelencia del político sereno, cuando es capaz de ir convirtiendo la tensión en empuje común; cuando aúna las fuerzas divergentes en empeño convergente.

    El político, que se siente herido en su orgullo, suele actuar desacertadamente, porque le hierve la sangre, porque desenfoca el principal objetivo, y se ve arrastrado a finalidades banales y superficiales. Los ciudadanos no entienden las “peleas de gallos” de sus líderes mientras sus problemas son distintos.

    La templanza neutraliza el ansia por estar en muchos eventos. Quizás haya que organizar menos actividades, pero hacerlas bien, o mejor. El político suele tener una agenda repleta de infinidad de actividades. Son auténticas pasarelas por la superficie, pero carentes de arraigo.

    Esa hiperinflación de actividades por una parte merma la capacidad de asombrar al público, se dice lo mismo en distintos sitios, lo que da una sensación de poca preparación, empatía y sensibilidad. Por otra parte, el político aporta poco, pues todo le viene preparado. Es imposible que él piense y redacte cinco o seis discursos cada día. Lee e interpreta lo que le sugieren u ordenan sus asesores. Pero no debemos olvidar que a los asesores el pueblo no les ha elegido. El pueblo ha otorgado el poder a sus representantes directos, el poder legislativo, y éste ha elegido al poder ejecutivo, pero a los asesores del ejecutivo no les ha escogido el pueblo. Y finalmente esta hiperinflación produce un estrés y una presión por ganar, que van reñidos con la creación de espacios de diálogo y con la construcción serena de pactos en beneficio del bien común.

    La templanza implica autodominio. Vivimos en una sociedad donde predomina la inmadurez. Es más importante lo emocional y lo sentimental que lo racional. Los instintos y los sentimientos ganan a las razones. Las emociones prevalecen sobre las palabras. Lo instantáneo, lo fugaz, el click arrasa frente a la espera, lo pausado, lo reflexivo.

    De un político avispado se espera una respuesta ágil frente al adversario, un chascarrillo que desmonte o ridiculice al oponente. Al político que piensa, que reflexiona, que madura lo que va a decir, le atribuimos lentitud, poco desparpajo o incluso holgazanería. No hay altura en las discusiones políticas, porque no hay reflexión, no hay dominio de uno mismo ni de lo que nos rodea.

    Incluso el político conoce que el pueblo se mueve por emociones, por sentimentalismos, por pánicos del WhatsApp o de las redes sociales, y allí es donde hay que controlar a las masas: con un tuit gracioso para los propios, irónico para los indiferentes e hiriente para los adversarios.

    Norberto Bobbio, en el libro “Elogio della mitezza” destaca que la templanza es racionalidad, lucidez frente a la confusión, y que los afectos, las emociones, la ñoñería son malos consejeros porque las decisiones políticas afectan a millones de personas, que no pueden quedar a la suerte de tales o cuales satisfacciones pasajeras o vivencias personales.

    No debe confundirse la templanza con la tibieza. En el libro del Apocalipsis se dice: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. El político no puede ser tibio, no puede ser indiferente, ha de estar motivado por el servicio al bien común.

    Los políticos no pueden hacer suyas las famosas letrillas de Luis de Góngora: “Ándeme yo caliente/ y ríase la gente/ Traten otros del gobierno/ del mundo y sus monarquías/ mientras gobiernan mis días/ mantequillas y pan tierno/ y las mañanas de invierno/ naranjada y aguardiente/ Y ríase la gente”. Y desgraciadamente el pueblo así lo ve.

    Vivimos en un mundo de políticos poco o nada adornados por la templanza. Algunos son estridentes, altivos, fanfarrones y prepotentes, quizás para ocultar sus complejos; otros están reconcomidos por sus infancias y adolescencias, por sus experiencias familiares, normalmente por los abuelos; otros por sus incongruencias y sinsabores por pensar de un modo y actuar del modo contrario. Lo cierto es que hace falta mucha templanza en la política.

    El político ha de moderar sus ansias de poder, descubrir la importancia de los equipos. No caben actitudes mesiánicas ni posiciones cesaristas. Los mejores gobiernos han sido equipos de trabajo, no líderes carismáticos.

    La austeridad es fundamental para el político. Cuando uno ejerce el poder, tiene más tentaciones. Cuando uno no ostenta ni poder ni capacidad de decisión en los asuntos públicos, puede quizá ser más virtuoso, porque tiene menos tentaciones.

    El político ha de ser austero y equilibrado en las pequeñas cosas, porque así lo será en las grandes. La moderación en lo poco ayuda a la templanza en los asuntos públicos. Moderación incluso en los gastos cotidianos. Así lo describía Séneca en “La brevedad de la vida” : “Me gusta una comida sencilla de preparar, que no tenga ingredientes suntuosos y extravagantes, una comida que se encuentre en cualquier lugar, que no sea pesada ni para el bolsillo ni para el cuerpo, y que no haya de volver por donde haya entrado”.

    Marco Aurelio en el Libro I de las “Meditaciones” dice: “7. De Rústico: el haber concebido la idea de la necesidad de enderezar y cuidar mi carácter...Y el no pasear con la toga por casa ni hacer otras cosas semejantes. También el escribir cartas de modo sencillo..., el estar dispuesto a aceptar con indulgencia la llamada y la reconciliación con los que nos han ofendido y molestado, tan pronto como quieran retractarse; la lectura con precisión, sin contentarme con unas consideraciones globales, y el no dar mi asentimiento con prontitud a los charlatanes...”.

    En “El Banquete” (el Simposio) de Platón se relatan los discursos que en torno al Amor se pronunciaron en casa del poeta Agatón. En uno de ellos Agatón dijo a Fedro: “El amor, la amistad es quien nos vacía de hostilidad y nos llena de familiaridad, es quien ha instituido todas las reuniones como ésta para que las celebremos en mutua compañía...; (es lo que) nos procura mansedumbre, nos despoja de rudeza; es amigo de dar benevolencia y jamás da malevolencia”.

    La amistad nos desprovee de nuestras corazas, nos hace auténticos y abre el corazón al otro. En la amistad y mucho menos en el amor, no cabe la envidia ni la argucia traicionera. Es el triunfo de la sencillez.

    Haim Shapira en “Lo que de verdad importa” dice que “saber disfrutar con las cosas más sencillas de la vida es todo un arte”. Y no podemos olvidar que los momentos más felices los tendremos con experiencias gratuitas: el amor de los padres, de los hijos, de los nietos, de los abuelos, y, sobre todo, de la persona querida.

    No debemos tener envidia. La envidia corroe el alma, produce tristeza en la persona que la sufre. En la obra de William Shakespeare, “Otelo”, el moro de Venecia, Yago, el blanco no puede soportar que Otelo consiga todos los éxitos y él no. Quien tiene autoestima, madurez y vida interior, se alegra de los éxitos de los demás; quien es inmaduro y acomplejado, se alegra de los males ajenos y piensa que todo el mundo está contra él. Nadie es tan importante para que todo el mundo esté contra él.

    Tened vida interior, serenidad. Sed lo mejor que podáis ser, pero no os creáis que sois mejores de lo que sois porque entonces la frustración y la desesperación de no lograr la satisfacción de vuestro ego os anulará. Pensad que siempre habrá alguien mejor que vosotros, e incluso que alguien con menos cualidades que vosotros, más mediocre, alcanzará el éxito o el poder y vosotros no.


  • 2. La paciencia (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 3. La valentía (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 4. La asertividad (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 5. La honestidad (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 6. La credibilidad (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 7. La fortaleza (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 8. La buena educación (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 9. La autoridad (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 10. La lealtad (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 11. El amor (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 12. La fidelidad a la propia conciencia (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • 13. La perseverancia (REMIGIO BENEYTO BERENGUER)
  • Epílogo

D. Remigio Beneyto Berenguer – 

Catedrático de Derecho Canónico y Eclesiástico del Estado de la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia.

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