Lecciones de economía española 2019

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Disponible (en stock)
ISBN
9788491978657
Nombre del producto:
Lecciones de economía española 2019
Fecha de edición:
28 jun. 2019
Número de Edición:
14
Autor:
García Delgado, José Luis / Colino Sueiras, Jose / Myro Sanchez, Rafael / Garrido Torres, Antoni / Carlos Jimenez, Juan
Idioma:
Español
Formato:
Libro+e-Book
Páginas:
470
Lugar de edición:
PAMPLONA
Colección:
TRATADOS Y MANUALES DE ECONOMÍA CIVITAS
Encuadernación:
Rústica

Como en las trece ocasiones precedentes (la primera en 1993), esta edición actualiza y mejora la anterior, buscando el contenido y la forma que más adecuadamente explican los componentes y rasgos de la estructura económica de la España de nuestro tiempo. En sus páginas se profundiza especialmente en la honda crisis económica que ha cerrado el primer decenio del siglo XXI y se adentra en el segundo, de duración y efectos bastante más intensos de los que registran los países del centro y norte de Europa; sus diversos aspectos son abordados en los sucesivos capítulos de la obra, dedicándose al tema además el apéndice «España en el euro». Con el fin de facilitar la docencia en los nuevos planes de estudio, que reclaman un trabajo continuado de los alumnos de acuerdo con el espíritu del «proceso de Bolonia», el libro incluye una selección de ejercicios, uno por cada lección, veintiuno en total. Con el mismo fin, el contenido de estas páginas se amplía con diversos textos y materiales gráficos en la página web vinculada a ella. La pluralidad de firmas que reúne Lecciones de economía española -doce son las universidades españolas representadas por los autores- no obsta para que, con redoblado empeño y una cuidada tarea de coordinación, la obra aspire a constituir un manual unitario, bien ensamblado y con pautas homogéneas.

FORMATO 

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    Prólogo:

    Editada por primera vez en 1993, alcanza ahora su 14.ª edición esta obra, reafirmando con ello la voluntad de sus coautores de ofrecer un texto no solo actualizado sino también mejor en contenido y forma.

    Consecuentemente, además de incorporar la información estadística más reciente disponible y de introducir los matices explicativos exigidos por los cambios y novedades en la realidad estudiada, esta decimocuarta edición consta de dos capítulos y dos apéndices de nueva factura. Se trata, en un caso, de los capítulos 15 («Política monetaria y de tipo de cambio») y 16 («La política fiscal»), que sustituyen entrambos al que en anteriores entregas de la obra figuraba bajo el título genérico de «Las políticas macroeconómicas». A su vez, novedosos son también los apéndices «España en el euro» y «La Unión Bancaria europea». Su realización ha permitido sumar a la relación de coautores los nombres de M.ª Asunción Prats y Javier Sáez Fernández, así como el de José Colino Sueiras a la de coordinadores.

    Como en anteriores ocasiones, también ahora Lecciones de economía española aporta breves guías teóricas e incluye en esta versión impresa ejercicios, uno por lección, veintiuno en total. Y cuenta, además, con un útil complemento didáctico: presentaciones en power point, videos explicativos y un amplio número de otros ejercicios, todo ello accesible en la página web www.leccionesdeeconomia.es mediante el registro previo y la selección, dentro del apartado de cursos, del dedicado a la economía española.

    La pluralidad de firmas que reúne Lecciones de economía española no obsta para que, tras la cuidadosa tarea de edición realizada por las profesoras M.ª Elisa Álvarez y Josefa Vega, la obra aspire a constituir un manual unitario, bien ensamblado y con pautas homogéneas.

    Sirvan, en fin, estas líneas prologales para expresar agradecimiento a todos los profesores, con presencia en un buen número de universidades españolas, que han colaborado en poner a punto la obra, bien como responsables de unos u otros capítulos, bien como coordinadores de la edición o bien encargándose de la página web y de los ejercicios y prácticas.

    José luis García Delgado Y Rafael Myro 

    Etapas y rasgos definidores de la industrialización Española

    JOSÉ LUIS GARCÍA DELGADO

    1. INTRODUCCIÓN

    Como el resto de los países de Europa occidental, desde el Ártico al Mediterráneo, España ha conocido a lo largo de los dos últimos siglos y al compás de la afirmación del capitalismo como orden social y económico, un vasto proceso de crecimiento y cambio. Frente a situaciones anteriores con perfil más estacionario, donde los aumentos de la producción eran no solo menores sino también más discontinuos, con cambios más lentos y graduales, la singularidad de la historia económica contemporánea europea proviene, tanto del carácter sostenido, a largo plazo, del movimiento ascendente de la renta real por habitante, como de las hondas transformaciones inherentes a la sustitución de la base agraria de las sociedades tradicionales por otra nueva industrial y urbana; todo ello en paralelo al reconocimiento pleno de la propiedad privada y al creciente papel del mercado en la asignación de bienes, servicios y factores de producción (tierra, trabajo y capital). Crecimiento económico moderno (esto es, incremento mantenido a largo plazo del producto por persona y por trabajador, acompañado de cambios estructurales, según la generalmente aceptada formulación de Kuznets), industrialización y consolidación del capitalismo resultan en este sentido sinónimos, y así se entenderá aquí, dejando ahora a un lado posibles distinciones y matices.

    En el arranque de dicho proceso de plural significación se sitúa la revolución industrial, entendiendo por tal un conjunto de innovaciones mecánicas y de organización de la producción (esto es, tecnológicas en un sentido amplio) que, unidas a otras sociales e institucionales, promueven la ampliación de las capacidades productivas y la emergencia de las categorías propias del primer capitalismo industrial: el creciente uso de máquinas (en particular, en los dos sectores inicialmente más representativos: el textil algodonero y el siderometalúrgico), el empleo asalariado de hombres y mujeres en fábricas, la producción en serie de artículos que se destinan al mercado, la constitución de sociedades mercantiles de nuevo cuño...

    Lo acontecido en determinados núcleos de la economía de Gran Bretaña a partir de la segunda mitad del siglo XVIII y, en particular, a partir del decenio de 1780, se ha considerado a estos efectos como prototípico, adoptándose por ello el caso inglés —primero en acontecer, pero también el mejor estudiado por teóricos e historiadores— como «modelo». Un modelo que facilita la ordenación en el eje del tiempo de otras experiencias nacionales, distinguiendo entre los países que se incorporan pronto al nuevo orden económico y social (first comers, early starters : por ejemplo, Francia, Bélgica, Suiza y, al otro lado del Atlántico, Estados Unidos) y los que se rezagan o de industrialización tardía (late comers, late joiners : Alemania, Italia y la propia España, por ejemplo, así como también, al este del continente, Rusia y, ya en el Pacífico, Japón).

    Más difícil que precisar ese orden —aunque no sea, desde luego, tarea sencilla ni sustraíble al debate científico en muchos casos determinar la cronología de los comienzos de la industrialización—, más difícil es, de cualquier modo, analizar los factores y condiciones de todo tipo que explican no solo el despuntar de las sociedades industriales, sino también el propio curso del desarrollo económico moderno. La variedad de elementos causales y la complejidad de las relaciones que entre ellos se establecen hacen arduo el trabajo analítico.

    Cuatro epígrafes sucesivos agruparán el contenido del capítulo. Primero se ofrece una visión comparada a largo plazo del crecimiento económico español. Luego, en los dos epígrafes siguientes, se entresacan los rasgos y hechos definidores que, bien en el curso del ochocientos, bien en el siglo XX, han acompañado a la mejora de las condiciones de trabajo y vida en la España contemporánea. A continuación, se traza un breve apunte «en clave europea» de la España actual, a partir del baremo que sirve de guía interpretativa a la trayectoria histórica descrita en este capítulo, la renta per cápita comparada con la de los otros países del continente. El capítulo se cierra con un apéndice que, a modo de cronología fundamental, detalla 

    2. Perspectiva histórica comparada

    2. PERSPECTIVA HISTÓRICA COMPARADA

    En coherencia con el concepto de crecimiento económico moderno del que se parte, «la renta nacional real y monetaria, y las (...) causas que determinan sus movimientos, no como conceptos teóricos, sino en cuanto hechos observables», constituyen un objeto esencial del análisis económico aplicado, como escribiera Colin Clark en las páginas prologales a la segunda edición (1947; la primera data de 1939) de su obra Las condiciones del progreso económico. Un libro sin duda adelantado en el esfuerzo que, algo después, con las aportaciones de Simon Kuznets, condensadas en su Modern economic growth: Rate, structure and spread (1966), acabará por dibujar las coordenadas básicas para la medición de la actividad económica de cada país, facilitando con ello los estudios comparados a partir de magnitudes homogéneas.

    En el caso de la economía española, también se dispone hoy de una aceptable cobertura estadística para captar, en una visión comparada a largo plazo, la posición española en el concierto del crecimiento económico europeo. El indicador fundamental que deberá manejarse, consecuentemente con lo antedicho, es la evolución de la renta (o producto) real per cápita, toda vez que el cálculo del producto real por trabajador ofrece datos menos consistentes para series históricas extensas.

    El gráfico 1 ofrece la evolución comparada desde mediados del siglo XIX del producto real por habitante en España y en otros países europeos occidentales, con el promedio de Gran Bretaña, Francia y Alemania como referencia. Información gráfica de la que se desprenden, cuando menos, tres notas interpretativas, no por obvias menos importantes:

    1.ª El retraso relativo de la economía española en relación con los países europeos hegemónicos en el curso de la industrialización: Gran Bretaña, Alemania y Francia, retraso reflejado en la distancia que separa las condiciones materiales de vida en España de las que han prevalecido en esas grandes naciones. Incluso respecto de Italia se retrasará España durante una buena parte del siglo XX, recortándose solo la brecha entre la renta por habitante de ambos países en los últimos lustros, hasta tender a cerrarse. En síntesis, la convergencia real —esto es, en términos de niveles de bienestar expresados en renta por habitante— de España con Europa ha sido en el curso del tiempo «tardía» y sigue siendo aún «incompleta», si bien el balance de los decenios más cercanos a nuestro presente es netamente esperanzador, situándose la consecución de los valores medios europeos de renta como un objetivo hoy alcanzable para los españoles, al compás de la plena participación de España en las fases avanzadas de la construcción de una Europa unida y de la creciente presencia e interlocución en foros internacionales.

    Gráfico 1. Producto real per cápita de los países europeos meridionales expresado como porcentaje de la media de Gran Bretaña, Francia y Alemania, 1850-2018

    Fuentes : Bolt, J.; Inklaar, R.; De Jong, H. y Van Zanden, J. L., “Rebasing ‘Maddison’: New income comparisons and the shape of long-run economic development”, Maddison Project Working Paper 10, 2018, y Comisión Europea, European Economic Forecast, 2018.

    2.ª Los niveles comparados de renta por habitante sitúan a España, a su vez, entre otros tres países meridional-periféricos europeos: Italia, Portugal y Grecia, formando con ellos un subconjunto que permite hablar, hasta cierto punto, de una variante mediterránea de industrialización.

    Por supuesto que las particularidades de cada caso no son desdibujables. En el de Italia destaca tanto el brioso comienzo del siglo XX como su brillante segunda mitad. De la evolución española resalta, sobre todo, el prolongado hundimiento que se inicia entrados los años treinta de ese siglo, no dejándose atrás definitivamente hasta bastantes años después. De Portugal y Grecia, en fin, quizá tan llamativo resulte lo plano de su línea evolutiva durante un largo trecho, cuanto su resuelta incorporación a la senda de fuerte crecimiento económico de la segunda mitad del siglo XX.

    Pero más que esos elementos diferenciadores, sobresalen pautas comunes en la trayectoria de los cuatro países del Sur de Europa que ahora se están considerando. Los cuatro han presentado, a lo largo de la industrialización, niveles de renta por habitante inferiores a la media de ese otro conjunto de países formado por Alemania, Francia y Gran Bretaña. Para los cuatro el siglo XIX es, a grandes trazos, un siglo desaprovechado para reducir distancias respecto de los países más adelantados en el despliegue de la modernización económica. Y los cuatro —España, Italia, Portugal y Grecia— se sumarán con fuerza a la enérgica onda expansiva posterior a la Segunda Guerra Mundial, con un escalonamiento entre ellos que no hace sino reproducir la graduación en los respectivos niveles de crecimiento; es decir, Italia es el primero en participar de esa expansión posbélica, España sigue después, con un decenio de 1960 que reproduce en muchos aspectos el italiano de 1950, y Portugal y Grecia, entrelazadas, cierran la marcha (véase de nuevo el gráfico 1). Suficientes similitudes, en resumen, como para abonar la consideración de una variante mediterránea sudoccidental o meridional-periférica de industrialización —por utilizar los términos equivalentes empleados por unos u otros autores—, dentro del patrón general de desarrollo económico europeo.

    Además, las coincidencias evolutivas señaladas se superponen a otras que subrayan factores comunes de atraso, en unas épocas, y también condiciones semejantes en etapas de rápidos progresos. Entre las causas comunes de la más lenta modernización de los países mediterráneos europeos durante el siglo XIX, sin olvidar o subestimar especiales condicionamientos geográficos y hechos distintivos de su respectiva historia política y militar, cabe apuntar la más desigual distribución de la propiedad agraria y las más ineficientes prácticas productivas que en parte ello determina; la inadecuada organización financiera del Estado, incapaz de responder a las necesidades del cambio económico y social; la falta de tradición empresarial en determinados círculos y regiones, y —compendio y efecto, hasta cierto punto, de todo lo anterior— la escasa inversión en capital físico, tecnológico y humano, con tasas de analfabetismo que doblaban las de Francia o Bélgica, por ejemplo, todavía al terminar el ochocientos.

    Por su parte, a la vista del fuerte tirón de la segunda mitad del siglo XX, hay que pensar en la compartida capacidad de esos países del sur de Europa para asimilar los impulsos al crecimiento provenientes del exterior: flujos comerciales y capitales y tecnología extranjeros, además de corrientes masivas de emigrantes hacia los mercados de trabajo centroeuropeos y de turistas provenientes mayoritariamente de esa misma Europa occidental-atlántica.

    3.ª La tercera nota interpretativa que debe extraerse del panorama comparado expuesto es, en consecuencia, la imposibilidad de tener a la experiencia española por atípica en el marco europeo. La trayectoria española es, dicho de otra forma, una trayectoria plenamente europea, y su «normalidad» —como lo contrario de «anomalía»— hay que subrayarla frente a cualquier pretensión de encontrar supuestos elementos radicalmente específicos o del todo singulares. También a estos efectos, en suma, España, que es un país de la Europa mediterránea, comparte y ha contribuido a modelar las principales señas de identidad del conjunto continental.

    Como otros países europeos, la economía española no podrá registrar durante los últimos decenios del siglo XVIII y la primera mitad del XIX tasas de crecimiento equiparables a las de Gran Bretaña, donde antes y con más fuerza prende la revolución industrial; un retraso inicial que en España y en otros países del Sur de Europa se agranda al menos durante los dos primeros tercios del ochocientos, en el contexto de una inestabilidad política y social también más marcada en ellos. Posteriormente, y conforme el crecimiento inglés pierde impulso, conociendo un largo «climaterio», la España intersecular, a caballo de los siglos XIX y XX, al igual que muchos países europeos, ya no se descolgará de los ritmos de progreso que marca la referencia inglesa, recuperando incluso posiciones entre la Primera Guerra Mundial y la década de 1930; un avance solo interrumpido en los dos decenios posteriores.

    Desde mediados del siglo XX, España vuelve a reproducir, con modulaciones propias que nunca desdicen el tono europeo más generalizado, los tramos diferenciables en el conjunto:

    • Primero, el fuerte auge hasta el comienzo de los años setenta. Luego, la etapa de crisis económica y políticas de ajuste entre los decenios de 1970 y 1980.

    • Después, el ciclo decenal que dibujan casi todas las economías europeas, con las sucesivas fases de recuperación, expansión, desaceleración y recesión, estas dos últimas ya en los primeros años noventa.

    • A continuación, otro compartido ciclo económico, el que cierra la centuria e inaugura el siglo XXI, con dos mitades, a su vez, bien delimitadas: la primera recorre todo el último quinquenio de los años noventa, con un crecimiento notable en toda Europa occidental —y sobresaliente en Estados Unidos—, al compás de una generalizada apuesta a favor de la «cultura de la estabilidad» económica; por su parte, la segunda se superpone al inicio del nuevo siglo y la entronización del euro como moneda única en un buen número de países de la Unión Europea —Eurozona—, atenuándose en el conjunto los ritmos expansivos precedentes hasta llegar al bienio 2008-2009, cuando la crisis económica internacional más grave desde la Segunda Guerra Mundial cambie de nuevo el escenario global de la economía, afectando de lleno a la economía europea y a la economía española. Un cambio que para esta última supone, en cierto sentido, el término del largo medio siglo precedente, con tan marcado relieve en toda la historia de la industrialización española, pues si la renta real por habitante tardó cien años en doblar su valor entre mediados de 1850 y 1950, después se ha multiplicado por algo más de ocho en poco más de cincuenta años.

    • Finalmente, el difícil recorrido —políticas muy rigurosas de ajuste en muchos casos— que conduce, avanzado ya el segundo decenio del siglo XXI, a una nueva fase de sostenida recuperación, aunque con ritmos muy moderados de crecimiento en casi toda Europa, si bien claramente sobrepasados por España desde 2015.

    La sintonía con tendencias que proyectan su alcance sobre una buena parte del viejo continente es, en todo caso, lo que aquí conviene repetir al cerrar este epígrafe y a la vista de los datos que se recogen en el cuadro 1.

    Cuadro 1. Evolución del producto real per cápita. Comparación internacional, 1850-2018

    (tasas medias anuales acumulativas)

    1850-1900

    1900-1935

    1913-1929

    1935-1950

    1950-1975

    1975-2018

    1850-2018

    1900-2018

    Estados Unidos...

    1,6

    1,0

    1,7

    3,7

    2,2

    1,8

    1,8

    1,9

    Reino Unido....

    1,1

    0,6

    0,4

    1,2

    2,2

    1,7

    1,3

    1,4

    Francia....

    1,2

    1,0

    1,9

    1,6

    3,7

    1,4

    1,6

    1,8

    Alemania....

    1,5

    0,9

    0,7

    -0,4

    4,6

    1,5

    1,7

    1,7

    Italia....

    0,5

    1,0

    1,2

    1,2

    5,0

    1,3

    1,5

    2,0

    España.....

    0,9

    1,0

    1,9

    -0,6

    5,3

    1,8

    1,7

    2,0

    Fuentes : Bolt, J.; Inklaar, R.; De Jong, H. y Van Zanden, J. L., “Rebasing ‘Maddison’: New income comparisons and the 

    3. COMPONENTES Y RASGOS FUNDAMENTALES: EL SIGLO XIX

    Los dos segundos tercios del ochocientos no son, consecuentemente con todo lo hasta aquí expuesto, un periodo perdido para la modernización económica en España. No lo son desde la óptica del crecimiento, aunque este fuera insuficiente para compensar las distancias que con anterioridad se habían marcado respecto a Gran Bretaña y Francia. No lo son tampoco desde la perspectiva de preparar o «despejar el camino de la industrialización del siglo XX», como ha escrito Tortella, eliminando obstáculos y creando las condiciones necesarias para facilitar luego una mayor extensión e intensidad del fenómeno industrializador en España. Tres hechos de especial trascendencia pueden destacarse aquí, en correspondencia con las etapas antes distinguidas.

    1.º Pieza fundamental al comenzar el segundo tercio del ochocientos es la creación de precondiciones institucionales para el surgimiento del capitalismo. Se trata de una tarea que exige toda una amplia serie de disposiciones y actuaciones legales: desde las desamortizadoras y las que ponen fin al régimen señorial y liberan los bienes vinculados, hasta las que decretan la abolición de la Mesta; desde las que eliminan aduanas interiores y privilegios gremiales, hasta las que ponen los jalones iniciales del sistema bancario y societario moderno, o las que unifican el sistema tributario. Todas apuntan, por unos u otros derroteros, a ganar cierto campo de maniobra para la libre circulación de propiedades rústicas e inmobiliarias, de trabajo, de capital, de productos y servicios de diversa naturaleza; es decir, de factores y bienes que pueden adquirir así la condición en sentido estricto de mercancías, incorporadas al mercado, categoría esencial de la sociedad capitalista.

    Es verdad que el cambio institucional que implica ese conjunto de actuaciones no se completará durante el periodo aludido, recortando su impacto positivo sobre el crecimiento y el cambio económico, de modo que el atraso relativo de la economía española durante el siglo XIX encuentra también elementos explicativos en «causas institucionales»; es decir, en una modernización inconclusa del marco institucional, en el arranque mismo del curso de la industrialización. Sin embargo, la amplitud de la remoción que en todos esos ámbitos se consigue entonces, principalmente a partir de la década de 1830, es incuestionable, y constituye sin duda uno de los pasajes sobresalientes de la historia española contemporánea.

    2.º En los decenios de 1850, 1860 y también en el de 1870, resulta decisiva la conformación de algunas de las bases materiales que permitirán la ampliación de las capacidades productivas de la economía española. Algo inseparable en esos años de la entrada de capitales, técnicas y proyectos empresariales procedentes del extranjero (de Francia e Inglaterra, mayoritariamente). Recursos financieros y tecnológicos e iniciativas empresariales que impulsan la construcción de la infraestructura ferroviaria, la explotación a gran escala de recursos del subsuelo, la formación de una red de entidades bancarias sensibles a la inversión industrial y ciertas innovaciones también en el campo de la gestión y la organización de empresas.

    Otra extensa revisión del marco jurídico-mercantil animará tanto los movimientos de los inversores extranjeros como las propias iniciativas domésticas: la Ley de Ferrocarriles (1855), la de Sociedades Anónimas de Crédito (1856), la de Bancos de Emisión (1856); hasta enlazar con las novedades legislativas de la revolución septembrina: Ley de Bases de la Minería de 1868, Arancel Figuerola en 1869 y de ese mismo año la Ley de Sociedades Anónimas (que sustituye la restrictiva norma equivalente que databa de 1848), otorgándose también a la peseta su condición de moneda nacional de curso legal (octubre de 1868).

    Se ha insistido siempre en las costosas contrapartidas que impusieron los inversores extranjeros. De manera particularmente sugestiva, Nadal ha puesto en relación las condiciones exigidas por el capital foráneo con la «quiebra de las arcas públicas»; esto es, con la escuálida y sin cesar apremiada Hacienda española, que no dudará en compensar indirectamente a los acreedores extranjeros que acuden en su auxilio, franqueándoles la entrada que conduce a la toma de posiciones dominantes o privilegiadas en los ferrocarriles, en las sociedades de crédito, en la minería. Pero lo que no conviene olvidar nunca es que una parte sustancial del capital social fijo y del equipamiento industrial del país, en la segunda mitad del ochocientos, no habría sido factible sin el concurso de capitales extranjeros, como en su día apuntaran Vicens y Sardá. Y es difícilmente rebatible esta última afirmación, por más que pueda argumentarse la parvedad de los efectos en una u otra dirección («efectos de arrastre» y «efectos hacia adelante») de la construcción de la infraestructura ferroviaria y de la expoliación de las reservas metalíferas de España, al considerar la escasez de pedidos a las plantas fabriles nacionales, la casi nula transformación de los minerales o la reducida demanda de transporte años después de haberse completado los primeros ejes radiales ferroviarios.

    Comoquiera que fuese, con el tendido ferroviario se abrirá definitivamente un capítulo crucial en la formación del mercado nacional en el territorio peninsular español. No es hiperbólico, desde luego, atribuir esa importancia al ferrocarril en España: mientras no se dispuso de ese medio de transporte, teniendo el tráfico comercial terrestre que depender del transporte tradicional (carretería y arriería por los «caminos de rueda»), el relieve y los accidentes geográficos imponían la división del mercado interior en compartimentos más o menos estancos: «una agregación de células rurales aisladas, con un tráfico insignificante entre ellas», ha resumido Fontana.

    Dicho de otro modo: más que en casi ningún otro país europeo, o como en Rusia y en ciertas zonas del territorio alemán, la red ferroviaria en España —con el cambio revolucionario que trae consigo en la relación de tiempos, distancias y costes de transporte— acabó siendo una condición necesaria, aunque no suficiente, para la efectiva articulación unitaria del mercado nacional. No fue, desde luego, la panacea que algunos contemporáneos pensaron, pero su contribución resultó trascendente; siendo desde luego muy apreciable el «ahorro social» que reportó al sistema económico ese nuevo medio de transporte (la cantidad equivalente al coste extraordinario de movilizar el tráfico ferroviario de un año por los medios alternativos entonces disponibles, manteniendo invariables volúmenes y distribución geográfica).

    3.º La marcha hacia el proteccionismo, ya claramente delineada desde 1890, terminará situando en primer plano la conquista por parte de la producción española de ese mercado nacional con ampliadas posibilidades de comunicación interior (10.000 km de vía ferroviaria y también ya tendida la red telegráfica). El revulsivo de partida en esa dirección proteccionista lo proporciona la crisis agraria que desatan las importaciones masivas de cereales americanos y rusos, hundiendo los precios y las rentas de los agricultores europeos occidentales. La extensión de las superficies de cultivo en Estados Unidos y Rusia, y las revolucionarias innovaciones en los transportes (por tierra y por mar, esto es, por ferrocarril y por un transporte marítimo que incorpora el vapor y la quilla de metal), sumarán sus efectos competitivos frente a los bajos niveles de rendimiento de una agricultura, como la castellana, que ha aumentado las roturaciones a lo largo del siglo hasta afectar a tierras marginales.

    La respuesta proteccionista que ello suscita no se demora, como tampoco la petición de que las medidas defensivas cubran también a otros sectores (textil, siderúrgico, hullero...). Así, en un caldo de cultivo especialmente propicio, como respuesta a la situación previa de dominio foráneo sobre recursos y actividades económicas interiores, la demanda patronal y social de protección irá ganando adeptos e intensidad en la España intersecular. Movimiento defensivo para reservar el mercado nacional a las empresas y a los productos aquí producidos, que no es, por lo demás, sino la versión española de una tendencia de alcance europeo. Extremo este último que tampoco conviene olvidar, pues con ese «viraje proteccionista en la Restauración» —en expresión acertada de Serrano Sanz— España lo que hace es participar de un movimiento general, en igual sentido, debiéndose descartar, en consecuencia, cualquier consideración de la política comercial española de la época como «exótica», esto es, insólita o al margen del rumbo más compartido a escala continental europea.

    La vía nacionalista del capitalismo español quedará en todo caso ya afirmada desde los últimos compases del siglo XIX, restando probablemente capacidad de crecimiento —al mantener muy reducida, en contraste con Italia, la integración de la ...

  • Prólogo
  • Parte I. El desarrollo Económico Español: Una visión de conjunto
    • Introducción
    • Capítulo 1. Etapas y rasgos definidores de la industrialización Española (JOSÉ LUIS GARCÍA DELGADO)
    • Apéndice.—Calendario de la construcción europea y de la participación española
  • Parte II. Factores de crecimiento
    • Introducción
    • Capítulo 2. Crecimiento económico y cambio estructural (RAFAEL MYRO)
    • Apéndice.—España en el euro
    • Capítulo 3. Recursos naturales y humanos (JUAN A. VÁZQUEZ y JAVIER MATO)
    • Capítulo 4. Formación de capital (JAIME SANAÚ y ANA BELÉN GRACIA)
    • Capítulo 5. Innovación y cambio tecnológico (JOSÉ GARCÍA QUEVEDO)
    • Apéndice.—La economía 4.0, conectividad y transformación digital
    • Capítulo 6. El factor empresarial (MARÍA TERESA COSTA y MONTSERRAT ÁLVAREZ)
  • Parte III. Actividades productivas
    • Introducción
        • Capítulo 7. Sector agrario (JOSÉ COLINO SUEIRAS y JOSÉ MIGUEL MARTÍNEZ PAZ)
        • Capítulo 8. Sector industrial (ROSARIO GANDOY y M.ª ELISA ÁLVAREZ)
        • Capítulo 9. Sector enérgico (JUAN CARLOS JIMÉNEZ)
        • Capítulo 10. Sector de la construcción y mercado de la vivienda (PALOMA TALTAVULL DE LA PAZ)
        • Capítulo 11. Sector servicios (ANDRÉS J. PICAZO y SALVADOR GIL PAREJA)
      • Parte IV. Mercado de trabajo y recursos financieros
        • Introducción
        • Capítulo 12. Mercado de trabajo (GEMMA GARCÍA BROSA y ESTEVE SANROMÀ)
        • Capítulo 13. Sistema financiero (ANTONI GARRIDO)
        • Apéndice.—La unión bancaria europea
      • Parte V. Sector público, políticas macroeconómicas y distribución de la renta
        • Introducción
        • Capítulo 14. Sector público (JOSÉ M.ª SERRANO SANZ y EDUARDO BANDRÉS)
        • Apendice.— La financiación de las Comunidades Autónomas
        • Capítulo 15. Política monetaria y de tipo de cambio (MARÍA ASUNCIÓN PRATS ALBENTOSA y RAFAEL LLORCA VIVERO)
        • Capítulo 16. La Política Fiscal (CECILIO R. TAMARIT y RAFAEL LLORCA VIVERO)
            • Capítulo 17. Distribución funcional y personal de la renta (JUAN IGNACIO PALACIO y LUIS AYALA)
            • Capítulo 18. Distribución territorial de la renta
          • Parte VI. Sector exterior
            • Introducción
            • Capítulo 19. Balanza de pagos y equilibrio exterior (JOSÉ CARLOS FARIÑAS y CARMEN DÍAZ MORA)
            • Capítulo 20. Comercio exterior (JOSÉ ANTONIO ALONSO y DIEGO RODRÍGUEZ)
            • Capítulo 21. Inversión exterior directa (JOSEFA VEGA CRESPO)
          • Ejercicios y prácticas
            • Capítulo 1
            • Capítulo 2
            • Capítulo 3
            • Capítulo 4
            • Capítulo 5
            • Capítulo 6
            • Capítulo 7
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              • Los autores
              • Índice de recuadros

(Directores)

José Luis García Delgado

Rafael Myro

(Coordinadores)

M.ª Elisa Álvarez

Juan Carlos Jiménez

Antoni Garrido

Josefa Vega Crespo

(Autores)

José Antonio Alonso

M.ª Elisa Álvarez

Luis Ayala

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Ramón Barberán Ortí

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Carmen Díaz Mora

José Carlos Fariñas

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Julio López Laborda

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Rafael Myro

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Martí Parellada

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José María López Morales

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